jueves, 17 de noviembre de 2011

Tiempo nuevo

Mayoría en el Congreso (suma del poder público, peligro de hegemonía), control del flujo de divisas (futura devaluación de la moneda, corrida del dólar), traspaso del subte (presión tramposa al gobierno de la ciudad) conflicto gremial en Aerolíneas (avasallamiento sindical), baja progresiva de subsidios (tarifazo encubierto). Por supuesto, todo malo, todo peligroso, todo mal hecho, y la lista seguirá. La imposición de la agenda política y económica mediática es agorera, variada, volátil, vertiginosa, pero el rasgo principal de este período es su carácter incesante. No se detiene nunca; detrás de un mal presagio, inmediatamente viene otro (o debe venir otro, para mantener viva la estrategia de fomento del desasociego y de desgaste gubernamental inducido).
Nada de treguas, nada de esperar, nada de concesiones. Todavía no se cumplió un mes del triunfo del oficialismo en la elecciones generales del 23 de octubre y el formato gráfico y de pantalla de los próximos cuatro años ya se puede vislumbrar. Mientras el gobierno sigue y seguirá gobernando, el periodismo mililitante de la oposición seguirá poniendo palos en la rueda, sembrando dudas, intentando generar inceridumbre, buscando escándalos, etc. Para ello el periodismo militante de oposición contará en sus programas y en sus páginas con sus mejores voceros provenientes de la política y la economía, desde Lozano a González Fraga, pasando por Julio Bárbaro, Prat Gay, Melconian, y otros, todos ellos de escasa credibilidad, con módicas cantidades de votos y poca representatividad popular pero con enorme indulgencia de parte de sus anfitriones y altísimo desparpajo para seguir pontificando como si muchos les creyeran o la mayoría los hubiera votado a ellos o a sus jefes políticos o corporativos. En pocas palabras, todo sigue igual: el gobierno gobierna como ninguno antes (es decir, toma decisiones con repercusiones colectivas), el periodismo militante de oposición sigue con su tarea de desgaste y la oposición sigue dando lástima.
Moraleja: si desde siempre se supo que los poderes concentrados (es decir, el capital) no tienen patria ni lugar, ahora también sabemos que no pierden tiempo. Y claro, “time is money”.

martes, 16 de agosto de 2011

Tocados

Al uso recurrente de los términos fracaso y derrota, el diario Clarín agregó en las últimas semanas el término “hundido” para referirse a las supuestas caídas electorales que el oficialismo sufrió en Chubut, Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba. Digo “supuestas caídas” porque este verdadero opositor y sus voceros, los candidatos de los partidos políticos, nunca terminaron de aceptar que en cada uno de esos distritos ocurrieron dos cosas: en lo tocante al voto opositor, sólo hubo expresiones locales y dispersas y en lo referente al voto oficialista, en todos los casos, hubo un piso de votos genuinos que fue cómodamente superado en las elecciones del 14 de agosto. También, en el caso de Santa Fé, pudo apreciarse el uso del “voto broma”, cuya dimensión asustó hasta  a quienes lo utilizaron. Esto los hizo proceder el domingo pasado reflexionando más o menos del siguiente modo: “no jodamos más, a ver si la joda nos termina saliendo mal” (como pudo sucederles si ganaba Miguel Del Sel. Ahora todos sabemos que nadie, en su sano juicio, votaría a ese candidato para que realmente gane una elección).  Los tres hechos (la dimensión y el alcance local de las elecciones anteriores, la base electoral de los votos de los candidatos oficialistas en esas elecciones y el miedo al voto broma) quedaron como evidencias en las elecciones del domingo pasado.
En función de todo esto y para seguir el “juego léxico” de Clarín, uso la metáfora de la Batalla Naval, y observo que ninguno de nosotros puede decir que los candidatos de la oposición estén hundidos, como sí escribían las plumas militantes del diario sobre el oficialismo antes del 14 de agosto. Por eso, lo mejor es aceptar que están “tocados” (termino cuya semántica, es lo suficientemente amplia como para también referirse a aspectos psíquicos tales como la negación de los hechos, la extemporaneidad y agresividad de algunas declaraciones (por ejemplo, los fantasmas de la subversión que vió Duhalde) y el festejo de un 10% de votos, como un triunfo (Binner y sus seguidores). Imaginemos  o recordemos qué no se dijo del gobierno en esas tres categorías para impugnar psicológicamente a sus funcionarios.
Siempre en referencia a la prensa opositora también es un buen momento para responder a la pregunta que tan maliciosamente utilizó como nota de tapa la Editorial Perfil en el número de la revista Noticias de quince días atrás. Refiriéndose a las posibilidades del oficialismo con vistas a las elecciones presidenciales de octubre podía leerse en la tapa, impresa sobre una foto de la presidenta, la pregunta “¿ya ganó?". La respuesta es obvia: todavía, no.

martes, 9 de agosto de 2011

El imperio de las formas

Quien haya visto la última publicidad televisiva de Telecentro habrá observado cómo, aún en lo más trivial e intrascendente, las formas superan en importancia al contenido. En efecto, en una primera presentación dos operarios petenecientes a empresas diferentes hacen la tarea de instalar y desinstalar el cable en la casa de los abonados. Mientras uno instala porque su empresa crece, el otro desisntala porque los abonados se borran del servicio de la empresa en la que él trabaja. Haciéndose eco de la desventura de su colega el empleado de Telecentro le ofrece hacerlo entrar a trabajar con él en la operadora de cable en crecimiento.
En la secuencia siguiente la publicidad comienza mostrando al nuevo empleado atándose prolijamente los cordones de los zapatos y, acto seguido, llevándose un escarbadientes a la boca. En eso entra al vestuario el antiguo empleado de Telecentro y le hace notar que en esa empresa ese detalle es improcedente y le hace dejar el palillo. El empleado nuevo le pregunta si tampoco puede ponerse la lapicera en la oreja y su compañero le responde, obviamente, que “no”.
Las formas por sobre el contenido han sido instaladas como un clima de época, como una “atmósfera” que dictamina los aires que deben respirarse. Quien no se nutre de ellos puede padecer de “asfixia social” y ser vituperado hasta el martirio retórico en la nueva plaza pública: los medios masivos de comunicación. Podría decirse, en un sentido más técnico, que asistimos a una especie de revival de la retórica formal, pero degradada. La forma pretende volver a ser la sustancia.
Desde luego ya muchos semiólogos (Umberto Eco entre ellos) han hecho la distinción entre la “forma del contenido” y el “contenido de la forma”. Sin duda, hay que atender al cómo de lo dicho, y a los modos como se presentan las cosas y las personas, pero sin dejar de tener en cuenta que, por un lado, el envoltorio también lleva su mensaje y, por otro, que no pocas veces, el contenido carece de sustento. Pongamos un ejemplo: el instalador puede llegar vestido prolijamente a la casa donde debe realizar su trabajo, pero hacer mal la conexión. O, incluso peor, alguien puede tocar el timbre del departamento, impecablemente vestido con las ropas de un instalador de cable, y cuando el propietario le franquea la entrada el impostor lo despoja de todas sus pertenencias. Desde luego, cuando ambos propietarios (el de la casa al que le instalaron mal el cable y el desprevenido al que le entraron a robar) tomaron debida nota de los respectivos percances, ya fue demasiado tarde. Ya Umberto Eco había definido la semiótica como una “teoría de la mentira”.
Decir que las formas han invadido el territorio político no sería agregarle nada nuevo a lo que ya se sabe desde hace mucho. Sin embargo, en este tiempo de exhibición permanente de candidatos presentables, y de periodistas correctos tal vez no esté de más llamar la atención sobre lo patético que resulta no sólo la exacerbación de las maneras (afectación en el decir, -no olvidar jamás anteponer la muletilla “con todo respeto”, antes de insinuar un desacuerdo-, cordialidad, sonrisas, buenos modales, enojos impostados, austeridad en la vestimenta) sino también la pobreza de los contenidos que esas formas encubren. No todos exhiben todos ni los mismos contornos vacíos (quien no es portador de belleza y gracia natural, difícilmente pueda apostar a ese recurso) pero cada uno se las ingenia para llevar a los sets televisivos o a los medios gráficos en donde ventilan sus ocurrencias (no siempre tan sutiles ni sofisticadas como una buena retórica exigiría) las mejores formas que disponen o que les aconsejaron sin que, por supuesto, alguna de ellas no alcancen para disimular la escasez de contenidos. Tampoco hay que olvidar que, sobre todo en la prensa gráfica, abundan los profesionales de la esgrima verbal (lo que no es igual a decir o insinuar que son “maestros de la retórica”) y que utilizan esa capacidad para proponernos “el otro” relato.
En este contexto, a lo mejor vale la pena no dejarse encandilar con ese recurso y no responder al convite de librar la lucha política en ese terreno (por ejemplo, no sé si fue una buena idea la de los coranzoncitos de Filmus para la segunda vuelta en la ciudad de Buenos Aires). Por eso, para los tiempos políticos que corren conviene no minimizar el valor de la moraljea de esta parábola mediática: atiende a las formas, pero fíjate bien que hay adentro del envase.

martes, 26 de julio de 2011

Sencillamente y con todo respeto

Con humildad, con sencillez, con alegría, y hasta con ingenuidad, como mandan los tiempos que corren quiero, si me permiten, decir que un componente esencial del voto sigue siendo la pertenencia de clase. Yo sé que decir esto no se corresponde con la corriente desideologizadora que nos atraviesa, pero sinceramente lo creo, y discúlpenme el anacronismo. A lo mejor, como dijo Duhalde (sin insultar, por supuesto, porque él está en contra de la intolerancia), yo pertenezco a la clase compuesta por los “viejos pelotudos”  que fueron jóvenes en los 70.
Y como ser simples y sencillos es un valor que le ha sido reconocido a Miguel del Sel, ¿por qué no puedo cultivarlo yo? Sencillamente creo que el 35% del voto santafesino a Miguel del Sel fue un voto de derecha, sencillamente por tres razones:
1. porque la derecha jamás votaría a los socialistas (los socialistas tampoco votarían a un candidato peronista)
2. porque la derecha jamás votaría a un candidato peronista-kirchnerista,
3. porque a la derecha no le importa quienes ejercen los cargos políticos, porque la derecha sabe que sus derechos se conquistan y se defienden, si se puede, políticamente y si no, de otra manera.
Para decirlo de manera sencilla el pensamiento político de derecha alberga entre sus contenidos ideas tales como que la política es detestable, que basta con que a uno lo dejen vivir tranquilo y que se le respete la posición relativa que le tocó ocupar en el espacio social. Después, lo que pasa con la política y con las políticas no es asunto de quienes piensan de esa manera. En general estas ideas forman parte del ideario de la clase media desinformada (perdonen otra vez, la sencillez y el esquematismo de las definiciones, pero esto dicho sencillamente para que se entienda lo que quiero decir y dicho con todo respeto y sin ninguna intención de imprimirle a la descripción una carga valorativa. No hay ninguna obligación de estar informado y, mucho menos, pensar que la política es importante). Por supuesto, el pensamiento político de derecha no es sólo eso, pero para cuando los que votan a la derecha desde ese ideario sienten en la piel y en sus bolsillos esos otros pensamientos que sí conocen los otros miembros del espacio, ya resulta demasiado tarde.
Por eso creo que, sencillamente, el problema de Miguel del Sel no fue haber perdido la posibilidad de haber sido gobernador de Santa Fe. Su  verdadero problema hubiera sido haber ganado y pensar que después iba a ser él el que iba a ejercer el poder político que le confiere el cargo de gobernador. El problema es sencillo, hubiera tenido que dedicarse a atender los problemas de cualquier gobierno, pero como él mismo dijo, mucho de eso no sabe, y entonces todo se reduce a saber escuchar. Entonces, hubiera tenido que escuchar a los representantes del 35% del padrón electoral santafesino que, dando otra vez la vuelta, estuvo compuesto básicamente por la derecha agroganadera (como se dice ahora, los productores), la derecha peronista (es, decir, los voceros y representantes de la derecha agroganadera) y la clase media un-poco-desinformada-porque-la-política-no-le-interesa pero alegre, sencilla, humilde, bienintencionada, enojada, pero por sobre todas las cosas (y esa es su virtud más elogiable), altamente despolitizada.

viernes, 15 de julio de 2011

"Nueva manera de hacer política"




Fiesta, cotillón (globos, pelucas, papel picado, etc.), colorido, baile, música, gente linda. Palabras que expresan imágenes de una “nueva forma de hacer política”. ¡Qué lindo!
Respeto, escucha, tolerancia, humildad, diálogo, consenso, gente bien, buena gente. Palabras que expresan valores de esta “nueva forma de hacer política”. ¡Qué bueno!
Gestionar, resolver los problemas de la gente (si la referencia es amplia ) o de los vecinos (si el referente es local). Expresiones que describen esta “nueva forma de hacer política”. ¡Qué eficientes!
Nada de conflictos, nada de luchas por el poder (perdón por el uso de las palabras “conflicto”, “lucha” y “poder”). Eso es la vieja política. La política es, ahora, un asunto de ética y estética; en conjunto, de “valores”. ¡Qué suerte!
Pero hay un problema. La política (vieja o nueva) no es nada más que un asunto de ideas diferentes, de puntos de vista que se expresan y con los que se puede acordar o no, total “no pasa nada” (como decía Bourdieu, "los puntos de vista son vistas tomadas a partir de un punto"). Tampoco es (o por lo menos no es una cuestión solamente) de maneras correctas, de formas estilísticas o de buenas intenciones. La función de la política consiste en tomar decisiones colectivamente vinculantes. Y para poder tomar esas decisiones que nos afectan a todos hay que llegar a gobernar, y cuando uno gobierna ejerce el poder (limitado, controlable, es cierto) de tomar decisiones. Y cuando se toman decisiones se afectan intereses que benefician a unos y perjudican a otros. La toma de decisiones que complacen a todos, todo el tiempo, no existe y quien promete eso, promete algo que sabe que no va a poder cumplir.
Y entonces, los que no formaron parte de la fiesta y algunos que sí fueron invitados y otros que se invitaron solos creyendo que tenían cabida en ella, descubren, tal vez, la peor cara de la política, la que a ellos nunca les hubiera gustado conocer: que en el fondo, la política, es un sistema que dirime conflictos de intereses volcando la balanza para un lado u otro, ejerciendo el poder, intentando influenciar a los distintos actores de la sociedad en el sentido de los intereses que las decisiones tomadas han priorizado.
Pero, además, la política y las decisiones que de ella se derivan mantienen una estrecha relación con la abundancia o la escasez presupuestaria. Y un día, los invitados, los no invitados, los colados se enteran de que la plata que hay no alcanza para hacer todo lo que se prometió, y entonces los organizadores de aquella alegría, tan festivos, tan respetuosos, tan amigables, tan políticamente correctos con el vecino y con la gente, tan dialogantes, tienen que tomar alguna decisión y nos dicen, con su mejor tono, que esa plata de algún lado tiene que salir, a alguien hay que pedírsela, o a alguien hay que sacársela. ¡Qué lástima!
Max Weber decía que la memoria del pueblo llega hasta antes de ayer y su mirada se extiende hasta pasado mañana. Entonces, mejor mirar algún ejemplo de todo esto en un hecho del presente. Lean en la siguiente nota del día de hoy cómo termina la fiesta europea en Italia:
Entre nosotros esto ya pasó muchas veces. Para no ir demasiado lejos hacia atrás, recordemos con qué expectativas muchos festejaron con alegría la fiesta democrática a la que nos convocó el gobierno Radical en 1983 (con primavera incluída), y cómo terminó. Recordemos, también, cómo pagó su fiesta Menem y cómo la fiesta que nos prometió la Alianza, ni siquiera pudo servir la entrada.
Expectativas y decepción son las dos caras inseparables de la misma moneda.

 

martes, 12 de julio de 2011

Acerca de la calidad del voto

Bastante antes de que se llevara a cabo la elección porteña el candidato Pino Solanas señaló que "el voto del interior no se caracteriza por ser un voto de calidad". Se deduce de esta afirmación que el voto de los porteños sí es un voto de calidad, pero ¿cuándo?: ¿antes o después de no haberlo votado a Pino Solanas?
Yo creo que los votos no son ni peores ni mejores: son solamente eso: votos. Y de los votos puede decisrse que algunos están más orientados al corto plazo, son mas inmediatistas, otros se supone que son más informados, que llevan consigo mayores complejidades, que pueden ser por principios, por pragmatismo o por cualquier otra motivación que impulse al elector a elegir esa opción y no otra. Cualquiera de ellas no lo hace mejor ni peor que otra motivación.
Lo que sí se sabe es que el voto es un instrumento de la democracia y también se sabe que con la democracia no se come, ni se cura, ni se educa. Se sabe también que si no poder votar es grave, votar no resuelve ningún problema; sólo hace más tolerable y llevadera la desigualdad, la dominación, pero, por un momento, nos permite apropiarnos de la creencia y la ilusión de que todos somos iguales.

lunes, 11 de julio de 2011

Elecciones porteñas. Lectura forzada de los números

Si de lecturas forzadas de los números de la elección porteña se trata, déjenme intentar una. Nadie puede discutir que el "módico" 28% que obtuvo Filmus son todos votos kirchneristas, cristinistas, o como prefiera llamarse. Pero siguiendo con la lógica del periodista de Clarín a quien le tomé prestado parte del título de esta nota, si es cierto que los votantes de Macri  nacionalizaron la elección, no puede decirse que ese 47% pertenezca sólo a uno de los canditados a presidente que competirán en las primarias del mes próximo. Ni siquiera puede asegurarse que algo de ese porcentaje no vaya a parar a la cuenta de la presidenta. De modo que si ese 47% más el 23% restante de los votos de la oposición fueron todos votos "en contra" del Kirchnerismo, es difícil poder asignárselos a algún candidato en particular para las primarias de agosto o, todavía peor, para las elecciones del 23 de octubre. En pocas palabras, si es cierto lo que dice el periodista estamos casi seguros que el 28% de Filmusvolverá a las fuentes de donde vino, en cambio el 47% más el 23% habrá que dividirlo entre varios.
Por lo tanto, es verdad que todavía Cristina Fernández no ganó las elecciones, como también parece ser cierto que esta elección con un 28 % kirchnersta genuino y un 72% opositor que debe prorratearse entre varios no permite concluir que la elección de octubre ya la ganó la oposición.
Pero como estoy dispuesto a forzar todavía más la lectura y ridiculizarme frente al talentoso periodista y sus lectores, me atrevería a decir que si la elección del 7 de julio se nacionalizó, entonces la que ganó la primera vuelta otra vez fue Cristina dejando bastante más lejos a Alfonsín, a Duhalde y a Carrió que de paso me hacen preguntarme si los dos primeros, si hubieran votado en la Capital lo hubieran hecho por sus propios candidatos.
De la performance de Macri en esa elección nacionalizada no puedo decir nada simplemente porque él mismo decidió no participar de una competencia de esa naturaleza. Acaso solamente me corresponda felicitarlo a él y a todo el Pro por la elección local que acaban de ganar holgadamente.

Qué, cómo, con qué

En los orígenes de la modernidad el problema político que había que resolver giraba en torno a qué podía o debía hacer la política. La distinción que en un principio reflejó el qué de todas las disputas fue igualdad/libertad y, a un lado u otro de esa oposición, se ubicaron de allí en más la izquierda y la derecha.
Con la consolidación de la democracia en occidente como la forma de gobierno que hace tolerable la dominación, y ante la evidencia de que aquella tensión resultó ser un problema irresoluble, la política (es decir, la comunicación de decisiones colectivamente vinculantes) desvió la atención de aquel dilema nuclear del qué, al cómo. Con esto intentó centrar las disputas (sobre todo preelectorales) en cuestiones menos abstractas y orientarlas a aspectos más procedimentales. El problema de la pobreza es cómo se resuelve; el problema de la inseguridad, es cómo se le pone coto.
Por supuesto, a esa altura ya se sabía que el problema del qué era más un esquema dinamizador de acciones, que una dificultad con solución definitiva en cualquiera de las formas que se planteara, por ejemplo, socialismo/capitalismo. El cómo, mientras tanto, se transformaba en un artilugio para hacer creer que los problemas políticos son de gestión y no de intereses sectoriales contrapuestos (por no decir de clases sociales antagónicas).
Hoy en día se avanzó un paso más en el camino que intenta consolidar esa pretensión de ocultar la diferencia de intereses y hacer creer que los problemas de miseria, inseguridad, deterioro del medioambiente y otros pueden resolverse "gestionando" de manera eficiente.
Sin embargo, aún cuando la discusión política disimula sus asperezas en cuanto al qué (o sea, sobre ésto todos son y dicen más o menos lo mismo),  y pretende trasladar al cómo sus diferencias, el problema que se oculta y que remite la política a sus origenes modernos es el con qué recursos se hará lo que se promete. Es decir, la pretensión contemporánea de hacer creer que la política es neutral encontró su límite en el presupuesto. Una cosa es hacer pidiéndole prestado a los organismos internacionales, otra cosa es hacer a partir de recursos propios.
De modo que la política de hoy, sin subordinarse a la economía se ha dejado condicionar por ella y la pregunta capaz de diferenciar la unidad moderna de oficialismo/oposición puede ser formulada de este modo: ¿con qué recursos van a hacer las cosas que todos prometen (casi por igual)?
Desde luego, que en la comunicación política explícita esa respuesta siempre se evita para no desnudar la ausencia de neutralidad de las prácticas (neutralidad que se quiere demostrar a toda costa). Sin embargo, con la respuesta que a esa pregunta se le da con las prácticas que efectivamente se llevan a cabo, se termina cerrando el círculo y devolviendo los problemas de la política a su fuente original. Y esto quiere decir que tal como están las cosas:
a. Los problemas que plantea la agenda política en cada caso no tienen solución sencillamente porque los recursos son siempre limitados. Paradójicamente, eso es lo que mantiene viva a la política y le permite renovar las expectativas en formas de promesas incumplibles.
b. en el marco de la democracia el cómo asume la forma de dominación tolerable en cualquiera de sus expresiones.
c. El con qué recursos se llevarán adelante las políticas propuestas es lo que ubica a los actores (políticos tanto como electores) a un lado u otro del espectro ideológico que se intenta desdibujar y, al mismo tiempo, es el motor movilizador de la alternancia de esos actores en el poder.

martes, 5 de abril de 2011

Desmesuras

Se sabe que con el paso del tiempo los hechos adquieren una luminosidad que no exhiben en el momento que se producen.
A poco de llegar a octubre del 2011, y sin perder de vista lo dicho, queda suficientemente claro que:
1. el único partido de oposición es el Grupo Clarín, es decir, una corporación. No existe, como se pretende hacer creer, "la oposición" como una unidad más o menos compacta de partidos políticos, fuera del monolítico accionar de esa corporación mediática.
2. Los políticos de los distintos partidos son voceros de la corporación opositora y no al revés. El Grupo Clarín instala la agenda política y luego los lideres de cada uno de los partidos y sus acólitos se encargan de ser funcionales a la estrategia de la corporación recorriendo los distintos medios y apoyando y acordando con la lógica del multimedio.
3. La oposición a la resolución 125, la impugnación de Mercedes Marcó Del Pont como presidenta del BCRA, el cuestionamiento del INDEC, la ocupación del parque Indoamericano y el bloqueo  a la salida del diario Clarín del domingo 27 de marzo constituyen hitos dentro de esta curiosa práctica de nuestra política contemporánea.
Cada uno de estos hechos fueron expuestos mediante la utilización de latiguillos y slogans con supuesta capacidad de penetración como para horadar la aceptación que el gobierno tiene entre los sectores populares. Apropiación de la riqueza de uno de los sectores productivos por parte del gobierno, inconstitucionalidad en los mecanismos de acceso de los funcionarios a los cargos públicos, encubrimiento de la inflación con fines electorales, inacción del gobierno ante la usurpación de la propiedad privada y restricciones a la libertad de prensa y de expresión, fueron las formas expresivas más utilizadas para debilitar la credibilidad del gobierno y minar su gestión.
Por el momento, y con el paso del tiempo cada uno de esos intentos se disuelve, el ciclo se repite y hay que volver a empezar magnificando algún episodio que pueda ser capaz de hacer que la corporación, en octubre, pueda instalar en la casa de gobierno a alguno de sus voceros.
La desmesura se consolidó como estretegia de combate sin que hasta el momento se puedan visualizar algunos logros parciales que arranquen entre sus cultores algún arrebato de optimismo.