Un recorrido tan esquemático como simplificado por la
historia de la cuestión social y de las condiciones laborales que va desde los
inicios de la Revolución Industrial hasta nuestros días nos permite reconocer
tres grandes mojones o etapas. Cada una de ellas exhibe un actor social protagónico
dentro del grupo que contiene a los más desfavorecidos.
El proletariado. Entre los inicios de la Revolución
Industrial a mediados del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XX la suerte
de esta clase social estuvo atada a la de la burguesía o, si se prefiere, a los
propietarios de los medios de producción, o, si queremos una expresión más
apropiada a nuestros tiempos, al capital privado. Las privaciones y la ausencia de previsiones y protecciones identificaron
la condición de la clase obrera.
El salariado. Esta clase social vive su momento de
gloria entre 1945 y 1975/1980. Su mejor apoyatura está en la presencia activa
del Estado benefactor proveedor de asistencia y legislación apropiada para
terciar en la puja distributiva entre los trabajadores integrados en el sector
formal de la economía (mayoritario durante el transcurso de esos años) y el empresariado.
El salario es la clave que explica la inserción de este conjunto en la vida
social.
El precariado. Surge a partir de 1980 y se expande a ritmo acelerado
hasta nuestros días como resultado de la
convergencia de varios factores: la crisis del Estado benefactor, la reacción
conservadora y la consolidación del neoliberalismo. Lo que le confiere
identidad social a este amplio segmento de la población no es lo que puede
ganar sino lo que perdió en materia de derechos, beneficios y protecciones con
escasas posibilidades de recuperación. De
ahí su condición de perdedores y de excluidos estructurales de los sistemas sociales. En este contexto sus expectativas están centradas en el asistencialismo de
pésima calidad que el Estado fiscalista alimenta exprimiendo a lo que queda del
salariado por vía de la sujeción cautiva a impuestos distorsivos (aunque se
muestran como progresivos) y practicando la política del toma y daca con la
clase política y los sindicatos.
Una muestra coyuntural de esta condición estructural de
los estados fallidos que excede a los gobiernos, es lo que pudimos leer en un
mismo día en los diarios de mayor circulación. Mientras en Brasil se aprobó la
ley que congela el gasto público por veinte años, en la Argentina, gobierno,
oposición, sindicatos y empresarios (la flor y nata del corporativismo
democrático) negocian después de una mala función teatral el modo de seguir exprimiendo
al salariado mediante la perpetuación del impuesto a los ingresos de los
trabajadores registrados con la excusa del déficit fiscal y la
"gobernabilidad". Un gobierno y el otro muestran dos caras de la misma
moneda. Uno achicando la ya de por sí lamentable asistencia a los que perdieron
y el otro estudiando cómo le puede seguir sacando lo máximo aceptable a los que
todavía están incluidos. Corrigiendo ligeramente a Serrat, Santa Rita, Santa Rita,
lo que te da, te lo quita. Uno se esfuerza por "achicar el Estado" lo
máximo posible; el otro, succionar todo lo que se pueda del único sector
cautivo del campo económico.
La explicación es simple. Dentro del actual sistema socioeconómico,
la única manera moderna de generar riqueza genuina es produciendo bienes
físicos que puedan venderse en el mercado y ser comprados con dinero. Este
esquema es el único que sigue permitiendo la explotación y la recaudación de
impuestos. Para eso tiene que haber trabajadores que cobren un salario,
empresarios que se queden con una parte y un Estado que se sostenga recaudando
de esa riqueza real generada, lo que necesita para funcionar. Como la segunda
modernidad llevó el trabajo a las zonas donde la mano de obra es más barata, los
impuestos son menores o nulos y la tecnología
suprimió trabajo real, los países cuyos Estados se quedaron sin ofrecer algunas
de esas cosas, tienen que exprimir a los que trabajan para sostener a la cada
vez más grande masa de excluidos y, al mismo tiempo, seguir beneficiando a los
cada vez más monopólicos grupos empresarios (materias primas, energía, obra
pública, etc.) y pedir prestado dinero excedente que circula por los mercados financieros.
En resumen: lo único que tienen la mayoría de los Estados deficitarios (es
decir, casi todos) para seguir pedaleando en el aire es impuestos más deudas
hasta que el cuerpo aguante.
Mientras esto sucede, seguimos escuchando de un lado y
del otro discursos que quieren mostrarnos la luz tapando el sol con las manos.
Repugna atender las cínicas explicaciones fiscalistas de los representantes del
1%, y resultaría gracioso, si no fuera dramático, escuchar a quienes dicen
estar del lado del 99% llenándose la boca con consignas y frases grandilocuentes que ni ellos
mismos pueden creer acerca del carácter progresivo de los impuestos y de su
inclaudicable defensa de los derechos de los trabajadores. Lo que hay está a la
vista y, por lo que parece, por lo menos en el mediano plazo, no tiene la forma
de algo parecido a una solución.