miércoles, 19 de diciembre de 2012

Adivinando el futuro

Supongamos que no hay re-reelección. Si esto sucede, es seguro que las elecciones de 2015 las ganará un candidato que no será Cristina Fernández de Kirchner ni su kirchnerismo duro.
Supongamos, ahora, que gana un candidato de la oposición o un candidato, como se dice ahora, del Kirchnerismo crítico, que significa, como les gusta a muchos, un buscador de consensos, de diálogo con todos los sectores, que no confronta, etc. Ahora hagamos un repaso por el menú de opciones con los candidatos presidenciables que, al día de hoy, nos ofrecen tanto la oposición como el oficialismo crítico.
Me surgen algunas preguntas. En primer lugar: ¿podrá (o querrá) alguno de ellos, con sus respectivas organizaciones, resistir los embates de la corporación mediática y periodística cuando las medidas que pretenda llevar adelante no coincidan con las expectativas de ese factor de poder? En segundo lugar: tanto si quiere como si puede, ¿reunirá las condiciones necesarias (por ejemplo, los recursos, la fuerza política y el apoyo popular) para sostener la posición propia en el tiempo? En tercer lugar: ¿será, acaso, la búsqueda del poder para el 2015 de estos sectores opositores nada más que un atajo para ser complacientes con la corporación mediática y periodística y de ese modo no tener que enfrentarse a las famosas “cuatro tapas” y ceder ante cada nuevo planteo? En cuarto lugar, y reconociendo que es el interrogante más difícil de responder, me pregunto si, en tren de buscar proteger a alguien y (a futuro), de protegerse a sí mismo, ¿no hubiera sido mejor para la política que los políticos cerraran filas frente a este constante hostigamiento que hoy le toca a este gobierno, pero que ayer le tocó al de Alfonsín, después al de la Alianza (sin dejar de reconocer las diferencias entre ellos), y mañana le tocará al que gane las elecciones?
Comparto todas estas preguntas con ustedes porque si un gobierno como el actual, con todos sus errores y aciertos, pero con la fuerza y la voluntad que pone para gobernar resiste, y tiene las dificultades que tiene con cada medida que quiere llevar adelante, cuál será la suerte de ese conjunto de opositores que, como primera cosa, no deja de mostrar una y otra vez una sorprendente y enorme cantidad de coincidencias con quien, hoy por hoy, mantiene la iniciativa de confrontación con el gobierno y le pelea activamente, palmo a palmo, como ningún otro, todas y cada una de las iniciativas políticas, económicas y de cualquier otro tipo que busca llevar adelante.
No soy muy optimista al respecto y me parece ver, en el horizonte del campo político, muchos nubarrones.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Sociedad hiperbólica

La sociedad argentina se ha convertido en una sociedad hiperbólica. La Hipérbole (del griego ὑπερβολή -exceso-) “es una figura retórica consistente en una alteración exagerada e intencional de la realidad que se quiere representar (situación, característica o actitud), ya sea por exceso (aúxesis) o por defecto (tapínosis)”.
Uso la palabra sociedad en el sentido que le da el sociólogo Niklas Luhmann (la sociedad como la suma de todas las comunicaciones). Casi todo lo que se dice, muestra o escribe por los medios, o sobre temas que adquieren relevancia mediática, está marcado con una tendencia a la desmesura. En este aspecto predominan las orientaciones hacia el exceso, más que hacia el defecto o ausencia de rasgos sobre los temas y motivos que se abordan. Por lo general, cuando la hipérbole se utiliza como recurso para exagerar una ausencia (por ejemplo ocultando algún rasgo de una persona, un hecho o un acontecimiento), el recurso predominante es lo que comúnmente se denomina “ninguneo”.

En el orden informativo las notas de opinión, las cartas de lectores e incluso las crónicas tienden a la exageración por exceso (casi siempre hacia el lado negativo) de los motivos que dan lugar a la producción de cualquiera de esos materiales. La hipérbole más frecuentada en el discurso político es la descalificación, cuando se hace referencia a personas u organizaciones. Por ejemplo, se califica de nazi, narco, corrupto, autoritario o con cualquier otra cualidad descalificante a un individuo, una organización, una empresa o un gobierno, con absoluta naturalidad.

Si, en cambio, lo que se refiere son acciones o hechos políticos, económicos o jurídicos, la hipérbole se viste con el ropaje de la épica (exceso de bondades: “vamos por todo”) o del apocalipsis (exceso de catástrofes: “en seis meses no hay más república”). Dictaduras, colapsos económicos, anomias y vaticinios escatológicos varios, nutren la discursividad mediática y política contemporánea. La palabra “crisis”, en este sentido, se ha vuelto emblemática, como se dice ahora, y el tema de la (in)seguridad es el que, al respecto, genera mayor conflictividad a la hora de evaluar el nexo entre retórica y realidad.

En el plano del entretenimiento, si lo que se dice o se muestra está emparentado con los acontecimientos del mundo del deporte o del espectáculo, el aire que envuelve las comunicaciones está predominantemente compuesto por altas dosis de escándalos, peleas y exaltación de las equivocaciones (la exhibición de los famosos bloopers y los recursos que ofrece la tecnología para repetir una y otra vez, por ejemplo, las fallas de un árbitro en la sanción de algún episodio de un juego, son moneda corriente).

El género publicitario tampoco se priva de la utilización de la hipérbole pero conviene, a este respecto, señalar dos matices. En primer lugar, su uso en publicidad fue siempre un recurso entre otros y siempre entremezclado con la utilización de otras figuras, como en el arte y la literatura, por lo general, con la finalidad de conseguir una mayor expresividad. En segundo lugar, si hubiera, en este momento, dentro del campo publicitario un predominio del uso de la hipérbole, podríamos aventurar la hipótesis de que ese género, para resultar eficaz, debió contaminarse o contagiarse de aquello que hoy impregna el resto de las comunicaciones de la sociedad. Al fin de cuentas, para hacerse entender hay que expresarse como se expresa la mayoría.

Queda pendiente desentrañar si detrás del carácter hiperbólico de las comunicaciones en la sociedad argentina existe alguna finalidad distinta de la de la de lograr mayor expresividad. Yo creo que sí, que efectivamente, el "uso exagerado de la exageración" busca exacerbar los mecanismos de alarma que todos tenemos ante situaciones que generan expectativas (negativas o positivas), y eso con el propósito de provocar tendencias de comportamiento que conviertan los pronósticos en profecías autocumplidas. Pero a lo mejor, todo esto que digo termina siendo, también, una exageración porque tampoco yo puedo escapar a los designios de la sociedad hiperbólica en la que vivo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

La función de la democracia

Con la democracia no se come, no se cura ni se educa. Simplemente porque la democracia es una forma de sistema político y no la forma de un sistema económico. Es cierto que es la forma de sistema político afín al sistema económico de forma capitalista, pero como forma política su mejor aporte es la casi completa eliminación de la violencia física para dirimir diferencias, reemplazada por la violencia verbal o, si preferimos, más en general, por la violencia discursiva como punto límite tolerable para escenificar los enfrentamientos entre posiciones ideológicas diferentes. No es poca cosa, sobre todo en países con democracias débiles como es el caso de la Argentina.
Los escenarios en los que la violencia discursiva reemplaza a la violencia física son predominantemente el Congreso, los medios masivos de comunicación y, desde hace un tiempo, las redes sociales. Esto no quiere decir que la violencia discursiva sea la única que circula en esos ambientes. También en ellos se pueden dirimir diferencias en forma menos virulenta o más racional pero, si no es el caso, se puede insultar o descalificar sin que las cosas pasen a mayores. A lo sumo se trasladan a otro de los escenarios verbales, los tribunales, donde la democracia sigue ejerciendo su función de contención dentro de los límtes que impone el uso del lenguaje.

lunes, 25 de junio de 2012

¡Cuidado!

El 17 de julio de 2008, con motivo del denominado “conflicto con el campo”, escribí una nota cuyo título era “Golpe de Estado posmoderno”. En esa oportunidad hice uso de los recursos teóricos que brinda la teoría de redes sociales para explicar algunos de los mecanismos que se utilizan para llevar adelante esta nueva modalidad de destitución de gobiernos elegidos democráticamente.
En la edición de ayer del diario La Nación el académico Juan Gabriel Tokatlian[1] aborda con preocupación el problema “destituyente” desde otra perspectiva. El autor, en relación con el desplazamiento del Presidente Lugo en Paraguay, publica una nota cuyo título es “el auge del neogolpismo”. Recomiendo leer atentamente esta nota que puede tomarse como una señal de alerta para intentos futuros en la región, de los cuales nuestro país no está de ninguna manera exento. Y si no vean, en la misma edición del diario, cómo el periodista Laborda prepara el terreno en su nota "La nueva cruzada antigoplpista del cristinismo".


[1] Director del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la Universidad Di Tella



viernes, 22 de junio de 2012

Lenin, Trotsky, los Moyano y "cuanto peor, mejor"

Si no fuera que lo que comenzó el miércoles 20 (y, seguramente continuará hasta por lo menos el miércoles próximo), sucede en serio, uno podría tomárselo en broma, y pensar que Moyano y su hijo estuvieron leyendo por la tarde algo parecido a lo que sigue a continuación:

A principios de siglo XX… la autocracia de los zares se había convertido en un lastre para el desarrollo de Rusia y los acontecimientos de todo orden (guerras en el exterior, crisis económicas, cambios sociales profundos) no hacían más que reforzar a los grupos de oposición antizarista.
En 1905, la protesta de obreros y campesinos que reclamaban al zar mejoras laborales es reprimida ferozmente en la jornada conocida como el Domingo Sangriento. … Durante el periodo de 1905 a 1917, el descontento de la sociedad lleva al zarismo al colapso…. los campesinos se rebelan, las ciudades padecen por la falta de suministros, las huelgas se extienden por doquier …
El 23 de febrero de 1917 (7 de marzo, según el calendario gregoriano), grupos populares salen a la calle en Petrogrado pidiendo pan y el fin inmediato de la guerra. La huelga general, el amotinamiento de la guarnición de la ciudad, la organización generalizada de soviets –asambleas de obreros y soldados, a los que se suman los campesinos- fuerzan el establecimiento de un gobierno provisional, integrado por diputados de la Duma, que convoca una Asamblea constituyente y promete reformas. Sin embargo, el poder paralelo de los soviets, en cuyo seno comienzan a despuntar los bolcheviques, que quieren acelerar los cambios, es creciente. En abril, Lenin regresa de su exilio y se adopta la consigna de “todo el poder para los soviets”.
El 3 de julio se inicia es San Petersburgo una insurrección popular que canaliza las constantes protestas …. Kerenski, moderado, nombrado primer ministro del gobierno provisional, no puede controlar el desorden. Sin embargo…, Kerenski se ha visto obligado a convocar a todas las fuerzas, incluidos los bolcheviques …
El 9 de octubre Lenin regresa para preparar la insurrección definitiva ante el debilitamiento del gobierno provisional. El 15 se crea en el Soviet de San Petersburgo un comité militar revolucionario dirigido por Trotsky. El 25, fuerzas bolcheviques ocupan, sin derramamiento de sangre, los puntos estratégicos de la ciudad. El acorazado Aurora apunta al Palacio de Invierno, donde se reúne el gobierno de Kerenski, que es finalmente detenido.
Un nuevo gobierno, presidido por Lenin, se constituye el 26 de octubre integrado sólo por bolcheviques, Trotsky uno de ellos. Este gobierno boicotea la celebración de la Asamblea constituyente y logra mantener el poder en manos de los revolucionarios. Inmediatamente se esbozan una serie de decretos que dan satisfacción a soldados, campesinos y obreros, …[1]

Los Moyano se entusiasmaron, Hugo fue a lo de Bonelli, Pablo a Laferrere con sus muchachos del Ejército Rojo haciendo retroceder a los solados del Zar, y pusieron en marcha la toma del Palacio de Invierno para derrocar al zarismo con la ayuda de Michelli, Barrionuevo, los soviets de campesinos, la convocatoria a la asamblea para el miércoles por parte de Pinedo, Bullrich y otros miembros de la Duma al servicio de Kerenski que, como se comprobó al final, se probaba un traje que le quedaba grande. Si uno lo mira de este modo, da un poco de risa. Pero si lo proyecta hacia atrás y recuerda los resultados de tensar la cuerda todo lo que se pueda bajo la consigna “cuanto peor, mejor”, propia de otros tiempos oscuros, como diría Homero Expósito,  “dan ganas de balearse en un rincón”.
No me extraña ni el oportunismo de la derecha, ni la miopía interesada de la CTA, ni nada de lo que hace la paupérrima dirigencia política, gremial, corporativa (y ni qué decir, mediática) con la que cuenta hoy nuestro país. Pero de verdad lamento que los pocos lúcidos por formación y más o menos creíbles por historia y trayectoria se plieguen a este lamentable bochorno, olvidando quiénes terminan siendo los perjudicados del derrumbe y los beneficiarios de la demolición. Como dije en alguna otra oportunidad, a ellos siempre les queda tiempo para arrepentirse una o dos décadas después, decir una y otra vez que “no podemos volver a repetir los errores del pasado”, etc., etc., etc., hasta que una nueva coyuntura les hace perder de vista el horizonte y vuelven, otra vez, a cometer los mismos errores.


[1] Fragmento extraído de: DOSSIER DE PRENSA LEÓN TROTSKY, Historia de la Revolución Rusa, Veintisiete Letras, Madrid, octubre 2007