miércoles, 14 de diciembre de 2016

La crisis del asistencialismo

Un recorrido tan esquemático como simplificado por la historia de la cuestión social y de las condiciones laborales que va desde los inicios de la Revolución Industrial hasta nuestros días nos permite reconocer tres grandes mojones o etapas. Cada una de ellas exhibe un actor social protagónico dentro del grupo que contiene a los más desfavorecidos.
El proletariado. Entre los inicios de la Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XX la suerte de esta clase social estuvo atada a la de la burguesía o, si se prefiere, a los propietarios de los medios de producción, o, si queremos una expresión más apropiada a nuestros tiempos, al capital privado. Las privaciones y  la ausencia de previsiones y protecciones identificaron la condición de la clase obrera.
El salariado. Esta clase social vive su momento de gloria entre 1945 y 1975/1980. Su mejor apoyatura está en la presencia activa del Estado benefactor proveedor de asistencia y legislación apropiada para terciar en la puja distributiva entre los trabajadores integrados en el sector formal de la economía (mayoritario durante el transcurso de esos años) y el empresariado. El salario es la clave que explica la inserción de este conjunto en la vida social.
El precariado. Surge  a partir de 1980 y se expande a ritmo acelerado hasta nuestros días como  resultado de la convergencia de varios factores: la crisis del Estado benefactor, la reacción conservadora y la consolidación del neoliberalismo. Lo que le confiere identidad social a este amplio segmento de la población no es lo que puede ganar sino lo que perdió en materia de derechos, beneficios y protecciones con escasas posibilidades de recuperación.  De ahí su condición de perdedores y de excluidos estructurales de los sistemas sociales. En este contexto sus expectativas están centradas en el asistencialismo de pésima calidad que el Estado fiscalista alimenta exprimiendo a lo que queda del salariado por vía de la sujeción cautiva a impuestos distorsivos (aunque se muestran como progresivos) y practicando la política del toma y daca con la clase política y los sindicatos.
Una muestra coyuntural de esta condición estructural de los estados fallidos que excede a los gobiernos, es lo que pudimos leer en un mismo día en los diarios de mayor circulación. Mientras en Brasil se aprobó la ley que congela el gasto público por veinte años, en la Argentina, gobierno, oposición, sindicatos y empresarios (la flor y nata del corporativismo democrático) negocian después de una mala función teatral el modo de seguir exprimiendo al salariado mediante la perpetuación del impuesto a los ingresos de los trabajadores registrados con la excusa del déficit fiscal y la "gobernabilidad". Un gobierno y el otro muestran dos caras de la misma moneda. Uno achicando la ya de por sí lamentable asistencia a los que perdieron y el otro estudiando cómo le puede seguir sacando lo máximo aceptable a los que todavía están incluidos. Corrigiendo ligeramente a Serrat, Santa Rita, Santa Rita, lo que te da, te lo quita. Uno se esfuerza por "achicar el Estado" lo máximo posible; el otro, succionar todo lo que se pueda del único sector cautivo del campo económico.
La explicación es simple. Dentro del actual sistema socioeconómico, la única manera moderna de generar riqueza genuina es produciendo bienes físicos que puedan venderse en el mercado y ser comprados con dinero. Este esquema es el único que sigue permitiendo la explotación y la recaudación de impuestos. Para eso tiene que haber trabajadores que cobren un salario, empresarios que se queden con una parte y un Estado que se sostenga recaudando de esa riqueza real generada, lo que necesita para funcionar. Como la segunda modernidad llevó el trabajo a las zonas donde la mano de obra es más barata, los impuestos son menores o nulos  y la tecnología suprimió trabajo real, los países cuyos Estados se quedaron sin ofrecer algunas de esas cosas, tienen que exprimir a los que trabajan para sostener a la cada vez más grande masa de excluidos y, al mismo tiempo, seguir beneficiando a los cada vez más monopólicos grupos empresarios (materias primas, energía, obra pública, etc.) y pedir prestado dinero excedente que circula por los mercados financieros. En resumen: lo único que tienen la mayoría de los Estados deficitarios (es decir, casi todos) para seguir pedaleando en el aire es impuestos más deudas hasta que el cuerpo aguante.

Mientras esto sucede, seguimos escuchando de un lado y del otro discursos que quieren mostrarnos la luz tapando el sol con las manos. Repugna atender las cínicas explicaciones fiscalistas de los representantes del 1%, y resultaría gracioso, si no fuera dramático, escuchar a quienes dicen estar del lado del 99% llenándose la boca con consignas y frases grandilocuentes que ni ellos mismos pueden creer acerca del carácter progresivo de los impuestos y de su inclaudicable defensa de los derechos de los trabajadores. Lo que hay está a la vista y, por lo que parece, por lo menos en el mediano plazo, no tiene la forma de algo parecido a una solución.