lunes, 11 de julio de 2011

Qué, cómo, con qué

En los orígenes de la modernidad el problema político que había que resolver giraba en torno a qué podía o debía hacer la política. La distinción que en un principio reflejó el qué de todas las disputas fue igualdad/libertad y, a un lado u otro de esa oposición, se ubicaron de allí en más la izquierda y la derecha.
Con la consolidación de la democracia en occidente como la forma de gobierno que hace tolerable la dominación, y ante la evidencia de que aquella tensión resultó ser un problema irresoluble, la política (es decir, la comunicación de decisiones colectivamente vinculantes) desvió la atención de aquel dilema nuclear del qué, al cómo. Con esto intentó centrar las disputas (sobre todo preelectorales) en cuestiones menos abstractas y orientarlas a aspectos más procedimentales. El problema de la pobreza es cómo se resuelve; el problema de la inseguridad, es cómo se le pone coto.
Por supuesto, a esa altura ya se sabía que el problema del qué era más un esquema dinamizador de acciones, que una dificultad con solución definitiva en cualquiera de las formas que se planteara, por ejemplo, socialismo/capitalismo. El cómo, mientras tanto, se transformaba en un artilugio para hacer creer que los problemas políticos son de gestión y no de intereses sectoriales contrapuestos (por no decir de clases sociales antagónicas).
Hoy en día se avanzó un paso más en el camino que intenta consolidar esa pretensión de ocultar la diferencia de intereses y hacer creer que los problemas de miseria, inseguridad, deterioro del medioambiente y otros pueden resolverse "gestionando" de manera eficiente.
Sin embargo, aún cuando la discusión política disimula sus asperezas en cuanto al qué (o sea, sobre ésto todos son y dicen más o menos lo mismo),  y pretende trasladar al cómo sus diferencias, el problema que se oculta y que remite la política a sus origenes modernos es el con qué recursos se hará lo que se promete. Es decir, la pretensión contemporánea de hacer creer que la política es neutral encontró su límite en el presupuesto. Una cosa es hacer pidiéndole prestado a los organismos internacionales, otra cosa es hacer a partir de recursos propios.
De modo que la política de hoy, sin subordinarse a la economía se ha dejado condicionar por ella y la pregunta capaz de diferenciar la unidad moderna de oficialismo/oposición puede ser formulada de este modo: ¿con qué recursos van a hacer las cosas que todos prometen (casi por igual)?
Desde luego, que en la comunicación política explícita esa respuesta siempre se evita para no desnudar la ausencia de neutralidad de las prácticas (neutralidad que se quiere demostrar a toda costa). Sin embargo, con la respuesta que a esa pregunta se le da con las prácticas que efectivamente se llevan a cabo, se termina cerrando el círculo y devolviendo los problemas de la política a su fuente original. Y esto quiere decir que tal como están las cosas:
a. Los problemas que plantea la agenda política en cada caso no tienen solución sencillamente porque los recursos son siempre limitados. Paradójicamente, eso es lo que mantiene viva a la política y le permite renovar las expectativas en formas de promesas incumplibles.
b. en el marco de la democracia el cómo asume la forma de dominación tolerable en cualquiera de sus expresiones.
c. El con qué recursos se llevarán adelante las políticas propuestas es lo que ubica a los actores (políticos tanto como electores) a un lado u otro del espectro ideológico que se intenta desdibujar y, al mismo tiempo, es el motor movilizador de la alternancia de esos actores en el poder.

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