Mayoría en el Congreso (suma del poder público, peligro de hegemonía), control del flujo de divisas (futura devaluación de la moneda, corrida del dólar), traspaso del subte (presión tramposa al gobierno de la ciudad) conflicto gremial en Aerolíneas (avasallamiento sindical), baja progresiva de subsidios (tarifazo encubierto). Por supuesto, todo malo, todo peligroso, todo mal hecho, y la lista seguirá. La imposición de la agenda política y económica mediática es agorera, variada, volátil, vertiginosa, pero el rasgo principal de este período es su carácter incesante. No se detiene nunca; detrás de un mal presagio, inmediatamente viene otro (o debe venir otro, para mantener viva la estrategia de fomento del desasociego y de desgaste gubernamental inducido).
Nada de treguas, nada de esperar, nada de concesiones. Todavía no se cumplió un mes del triunfo del oficialismo en la elecciones generales del 23 de octubre y el formato gráfico y de pantalla de los próximos cuatro años ya se puede vislumbrar. Mientras el gobierno sigue y seguirá gobernando, el periodismo mililitante de la oposición seguirá poniendo palos en la rueda, sembrando dudas, intentando generar inceridumbre, buscando escándalos, etc. Para ello el periodismo militante de oposición contará en sus programas y en sus páginas con sus mejores voceros provenientes de la política y la economía, desde Lozano a González Fraga, pasando por Julio Bárbaro, Prat Gay, Melconian, y otros, todos ellos de escasa credibilidad, con módicas cantidades de votos y poca representatividad popular pero con enorme indulgencia de parte de sus anfitriones y altísimo desparpajo para seguir pontificando como si muchos les creyeran o la mayoría los hubiera votado a ellos o a sus jefes políticos o corporativos. En pocas palabras, todo sigue igual: el gobierno gobierna como ninguno antes (es decir, toma decisiones con repercusiones colectivas), el periodismo militante de oposición sigue con su tarea de desgaste y la oposición sigue dando lástima.
Moraleja: si desde siempre se supo que los poderes concentrados (es decir, el capital) no tienen patria ni lugar, ahora también sabemos que no pierden tiempo. Y claro, “time is money”.
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