martes, 9 de agosto de 2011

El imperio de las formas

Quien haya visto la última publicidad televisiva de Telecentro habrá observado cómo, aún en lo más trivial e intrascendente, las formas superan en importancia al contenido. En efecto, en una primera presentación dos operarios petenecientes a empresas diferentes hacen la tarea de instalar y desinstalar el cable en la casa de los abonados. Mientras uno instala porque su empresa crece, el otro desisntala porque los abonados se borran del servicio de la empresa en la que él trabaja. Haciéndose eco de la desventura de su colega el empleado de Telecentro le ofrece hacerlo entrar a trabajar con él en la operadora de cable en crecimiento.
En la secuencia siguiente la publicidad comienza mostrando al nuevo empleado atándose prolijamente los cordones de los zapatos y, acto seguido, llevándose un escarbadientes a la boca. En eso entra al vestuario el antiguo empleado de Telecentro y le hace notar que en esa empresa ese detalle es improcedente y le hace dejar el palillo. El empleado nuevo le pregunta si tampoco puede ponerse la lapicera en la oreja y su compañero le responde, obviamente, que “no”.
Las formas por sobre el contenido han sido instaladas como un clima de época, como una “atmósfera” que dictamina los aires que deben respirarse. Quien no se nutre de ellos puede padecer de “asfixia social” y ser vituperado hasta el martirio retórico en la nueva plaza pública: los medios masivos de comunicación. Podría decirse, en un sentido más técnico, que asistimos a una especie de revival de la retórica formal, pero degradada. La forma pretende volver a ser la sustancia.
Desde luego ya muchos semiólogos (Umberto Eco entre ellos) han hecho la distinción entre la “forma del contenido” y el “contenido de la forma”. Sin duda, hay que atender al cómo de lo dicho, y a los modos como se presentan las cosas y las personas, pero sin dejar de tener en cuenta que, por un lado, el envoltorio también lleva su mensaje y, por otro, que no pocas veces, el contenido carece de sustento. Pongamos un ejemplo: el instalador puede llegar vestido prolijamente a la casa donde debe realizar su trabajo, pero hacer mal la conexión. O, incluso peor, alguien puede tocar el timbre del departamento, impecablemente vestido con las ropas de un instalador de cable, y cuando el propietario le franquea la entrada el impostor lo despoja de todas sus pertenencias. Desde luego, cuando ambos propietarios (el de la casa al que le instalaron mal el cable y el desprevenido al que le entraron a robar) tomaron debida nota de los respectivos percances, ya fue demasiado tarde. Ya Umberto Eco había definido la semiótica como una “teoría de la mentira”.
Decir que las formas han invadido el territorio político no sería agregarle nada nuevo a lo que ya se sabe desde hace mucho. Sin embargo, en este tiempo de exhibición permanente de candidatos presentables, y de periodistas correctos tal vez no esté de más llamar la atención sobre lo patético que resulta no sólo la exacerbación de las maneras (afectación en el decir, -no olvidar jamás anteponer la muletilla “con todo respeto”, antes de insinuar un desacuerdo-, cordialidad, sonrisas, buenos modales, enojos impostados, austeridad en la vestimenta) sino también la pobreza de los contenidos que esas formas encubren. No todos exhiben todos ni los mismos contornos vacíos (quien no es portador de belleza y gracia natural, difícilmente pueda apostar a ese recurso) pero cada uno se las ingenia para llevar a los sets televisivos o a los medios gráficos en donde ventilan sus ocurrencias (no siempre tan sutiles ni sofisticadas como una buena retórica exigiría) las mejores formas que disponen o que les aconsejaron sin que, por supuesto, alguna de ellas no alcancen para disimular la escasez de contenidos. Tampoco hay que olvidar que, sobre todo en la prensa gráfica, abundan los profesionales de la esgrima verbal (lo que no es igual a decir o insinuar que son “maestros de la retórica”) y que utilizan esa capacidad para proponernos “el otro” relato.
En este contexto, a lo mejor vale la pena no dejarse encandilar con ese recurso y no responder al convite de librar la lucha política en ese terreno (por ejemplo, no sé si fue una buena idea la de los coranzoncitos de Filmus para la segunda vuelta en la ciudad de Buenos Aires). Por eso, para los tiempos políticos que corren conviene no minimizar el valor de la moraljea de esta parábola mediática: atiende a las formas, pero fíjate bien que hay adentro del envase.

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